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viernes, 12 de junio de 2015

SITUACIÓN DE LA INFANTA CRISTINA, CUATRO AÑOS DE ESCAPADA

El final de cuatro años de escapada


La Casa Real lleva cuatro interminables años pidiendo a Iñaki Urdangarin y a la Infanta Cristina que pidan de una vez por todas perdón a los españoles. Lo intentó Don Juan Carlos, directamente y por persona interpuesta, la de Fernando Almansa. Y lo ha intentado con el mismo resultado negativo su hijo Felipe, que vio en la decisión del juez de sentar en el banquillo a su hermana la oportunidad de que ésta diera, por fin, un paso atrás y renunciara a sus derechos dinásticos.
En vísperas de la Navidad de 2011, con el caso Nóos en plena ebullición, el ex jefe de la Casa Real viajó a Denver para ver cara a cara al matrimonio y zanjar la cuestión en lo que a la institución concernía. Planteó a la pareja la necesidad de que hiciera un gesto público. Esto es, que renunciara a sus títulos, que Cristina hiciera lo propio con sus derechos sucesorios y que consignara en el juzgado el dinero público que se había desviado. «Si devuelven los fondos y piden disculpas, esto se ha acabado», transmitió una autoridad judicial de Palma a la Jefatura del Estado, convencida de que la sangre no llegaría al río.
Almansa cruzó el Atlántico con un documento para que Iñaki y Cristina lo firmasen y admitiesen el «irreparable» daño que le habían ocasionado a la institución monárquica. El texto fue cocinado entre Zarzuela y algunas de las mentes más sensatas de Telefónica y sólo le faltaba la rúbrica. Cómo debió desenvolverse aquella cita que Almansa contó a la vuelta, lívido y con el escrito sin firmar, que ni tan siquiera tuvo oportunidad de desenfundarlo y ponerlo encima de la mesa.
Cristina cogió las riendas de aquella conversación, abroncó con violencia al emisario de su padre y le dijo alto y claro que no tenían nada de lo que arrepentirse. Que en este asunto eran «unas simples víctimas». Preparó la réplica en forma de vídeo, una especie de mensaje a la nación de Urdangarin en el que agradecía «al pueblo español su apoyo en estos difíciles momentos», y que fue secuestrado a tiempo por Rafael Spottorno.
Toneladas de pruebas documentales y testimonios después, decenas de firmas de la Infanta Cristina que pulverizan su impostada ignorancia y declaraciones de empleados de servicio que juran haber cobrado en negro, la pareja sigue clavada y unida en el mismo punto de no retorno. Cabreada con la sociedad española por haberles «condenado antes de tiempo»; con la Casa Real «por no haberles defendido a pesar de que dio el visto bueno a sus actividades y les animó a poner en marcha el Instituto Nóos»; con su ex socio Diego Torres por haber tirado de la manta de sus vergüenzas y amenazar con nuevas revelaciones; y, más recientemente, con Felipe VI por «no haber hecho nada» por ellos y haber exigido a su hermana que renunciara a su remoto derecho a poder reinar algún día. Si acceden a alguna de estas pretensiones, dicen, asumirían su culpabilidad antes de tiempo. Por eso continúan en su escapada y se niegan a entrar en razón aun a sabiendas de que pueden llevarse con ellos a la Corona por delante.
Un muro de silencio se levantó entre las dos familias desde que estalló el escándalo, roto y ahondado por esta exigencia perpetua, y los Urdangarin-Borbón extendieron sus iras a Doña Letizia, a quien siempre han acusado de distanciarlos y hasta de haber participado en su condena pública, trasladando el enfrentamiento al ámbito familiar. De ahí que Felipe VI haya dado un golpe de autoridad en medio de la rebelión -el que no quiso dar su padre, que se embarcó en la operación Cortafuegos para salvar a su hija con la complicidad del Gobierno-, concluyendo de una vez por todas que entre su hermana y la Jefatura del Estado, por mucho que le duela, debe primar siempre la institución.

http://www.elmundo.es/opinion/2015/06/12/557a66dce2704eae288b4570.html

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